Por Roman Camacho autor de El Peón de la Reina Blanca.
Todos los que vemos ya los 40 en el retrovisor de nuestra vida, o los que lo ven como ese coche al que hay que adelantar dentro de muy poco de forma irremediable, todos esos que seguimos amando los tebeos, todos los que los seguimos leyendo, crecimos teniendo como referencia los cómics de Mortadelo,Tintín, Astérix y especialmente los superhéroes. Aquellos esforzados tipos defendiendo causas perdidas de formas generalmente absurdas nos introducían en su mundo engatusados por las impactantes portadas de Rafael López Espí. ¡Diablos, cómo nos entretenían! Al menos hasta los 18…
A partir de ahí, nos convertimos en unos traidores y ensalzamos los cómics que defenestraban los mitos de nuestra infancia. Los empijamados y sus ilusas aventuras nunca fueron así. Nunca nos las creímos. Hellblazer, Watchmen, El regreso del caballero oscuro, sentaban cátedra y nos abofeteaban para despertarnos de un sueño maravilloso lleno de capas, colores, antifaces y frases que describían de forma recargada lo que la viñeta ya nos mostraba con claridad meridiana.
Pero los amores adolescentes no se olvidan nunca y siempre los recordamos con cariño y nostalgia. Daríamos lo que fuera por volver a sentirlos y, por qué no, vivirlos. Naturalmente, no podemos viajar atrás en el tiempo, pero sí volver a leer aquellos tebeos. O, como en el caso de Mark Waid, a escribirlos.
Naturalmente, la ascendencia y su posterior desarrollo en la cultura estadounidense de este guionista oriundo de Alabama, no le permitió ver las portadas con las que Espí nos deleitaba a los que nos embobábamos mirando la sección de tebeos de los kioscos. Pero nacer en 1962 sí le ofreció inundarse y enamorarse de aquellos superhéroes en sus versiones más clásicas. Si bien podemos decir que España mayoritariamente es una “tierra Marvel que lee las aventuras de una tierra DC”, Waid nunca tomó partido por ninguna editorial y tampoco traicionó nunca su amor adolescente. Es por eso que sus trabajos en Kingdom Come, JLA, Flash, Capitán América o su más reciente Daredevil, entre otras, han sido toda una declaración de amor a todas las historias que seguramente leyó acurrucado en su sillón favorito cuando era niño.
Waid escribe historias de superhéroes. Sin rubor se muestran los poderes de héroes y villanos, sin matices, sin trampas, sin traiciones. Porque Mark Waid tiene claro que los protagonistas son tipos con disfraces llamativos con un exagerado sentido de la responsabilidad. Se aleja de cualquier estereotipo maniqueo y las líneas entre bien y mal quedan desdibujadas sin renunciar al tono clásico y entretenido. Sólo así consigue que la galería de villanos de Flash sea sólo comparable con la de Batman y que en sus historias, tan importante sea lo que cuenta como la manera de narrarlo.
Su etapa en Daredevil, el hombre sin miedo
, es el último ejemplo que podemos encontrar de todo esto. Si hay un personaje que ha sufrido muchos zarandeos en el tono de sus historias desde que comenzara su andadura en 1964, ése es el diablo de la Cocina del infierno. Pasó de ser un personaje desenfadado, cuyos diálogos podían salir de la boca de Spiderman, a ser un personaje de novela negra, atormentado y llevado hasta el martirio en la espectacular etapa de Frank Miller. Tanto fue el éxito de este giro argumental que parecía que cualquier acercamiento a Daredevil tendría que seguir estos pasos, e incluso a veces agrandarlos, como consiguieron hacer Brian Michael Bendis y Ed Brubaker.
Pero nadie adora más al personaje y su entorno que Mark Waid. Se aproxima a él sin titubeos, sin miedos a comparaciones, con la seguridad y la capacidad de volar y soñar despierto que da el primer beso a un adolescente. Desgrana diálogos tan ocurrentes entre las páginas de acción trepidante, como una narración tan poderosa que hace que vibremos con las historias. Explora los poderes del hombre sin miedo y los lleva a límites que, bajo su ágil pluma, son tan lógicos como sorprendentes. Pero no se queda ahí. Si algo hace fuerte a un personaje es su entorno. Así pues, el círculo de secundarios que le rodean se hace tan importante como el actor principal de la función. Naturalmente, no sería justo atribuir el mérito absoluto de la obra al escritor. Javier Rodriguez, Marcos Martín, Paolo Rivera y en especial Chris Samnee aportan la parte diferenciadora de este medio con respecto a otros que también nos cuentan relatos: el dibujo. Es este capítulo el que merecería otro artículo para retratar con justicia la excelente labor de los artistas que han trabajado estos años para alcanzar una de las mejores etapas, y más diferentes, del personaje desde que Frank Miller lo hiciera volver a nacer.
Mark Waid no renuncia a ninguna fase editorial ni línea argumental que ha engrandecido o dañado a Daredevil. Usa todas ellas y sabe darlas un tono fresco y nuevo, para que ese beso que una vez dimos en los labios de nuestro primer amor vuelva a tener el sabor intenso que recordamos con nostalgia en nuestro pecho.
En una industria tan explotada como la del cómic, conseguir eso no es nada fácil. Para ello un guionista debe ser muy bueno, o no tener miedo. O ambas cosas.
